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BENEFICIOS DEL ACEITE DE OLIVA PARA LA SALUD. Numerosos estudios científicos han demostrado que la cocina tradicional y por tanto su protagonista principal, el aceite de oliva, es fundamental para tener una alimentación sana.
El regreso a la dieta mediterránea la consolida como algo más que una moda.
Algunos de los beneficios principales de este producto son los siguientes:
- Retrasa el envejecimiento porque impide la excesiva producción de las células de sustancias oxidantes.
- Aporta vitaminas E y A que son los compuestos naturales que el organismo utiliza para defenderse de dichos procesos de oxidación.
- Beneficia el aparato digestivo; mejora la acidez y úlceras del estómago, previene la aparición de cálculos biliares, contribuye a la asimilación de los alimentos y mejora la evacuación.
- Favorece el crecimiento infantil porque permite la asimilación del calcio, hierro, fósforo, magnesio, zinc,etc...tan importantes en el desarrollo.
José Ramón Martín (Revista Castilla-La Mancha)VUELVE LA DIETA MEDITERRÁNEA. El organismo necesita una dieta equilibrada y saludable en la que estén presentes todos los nutrientes en su justa medida.
Las grasas son uno de los más fundamentales por su aporte energético, su presencia en el desarrollo de las estructuras celulares y porque sin ellas sería imposible la asimilación de ciertas vitaminas y minerales.
La grasa es buena. Aunque podemos hacer esta afirmación sin temor a equivocarnos, hay que especificar diciendo que no todas las grasas lo son.
Las que son beneficiosas para el organismo y que disminuyen los peligrosos niveles de colesterol en sangre, son las monoinsaturadas como el oleico que contiene el aceite de oliva.
No ocurre lo mismo con las saturadas procedentes de animales, ni con las poliinsaturadas derivadas de otras semillas de plantas, que aumentan ese peligro y con ello todos los riesgos circulatorios y coronarios que esto conlleva: infartos de miocardio, reducción de la presión arterial y mayor dilatación de los vasos sanguíneos.![]()
Aceite de Oliva; es la moda desde que unos dietólogos muy listos descubrieron lo que ya sabían los fenicios y los griegos y los romanos y los visigodos y los árabes y los eslavos que vinieron con éstos, y todos los que les siguieron en el sur de Europa durante más de 2000 años, siendo casi analfabetos: que el aceite de oliva es un alimento excelente y sanísimo. Que se lo hubieran dicho a los soldados romanos que inventaron lo que los americanos llaman "italian dressing" para las ensaladas (aceite y vinagre) y que llevaban en sus macutos no sólo para curar sus heridas sino también para aderezar las porquerías que los pobres tenían que comer sobre la marcha.
Ahora no se habla más que de la "dieta mediterránea", términos muy finos para denominar el tipo de alimentación de los países pobres del sur de Europa: cereales y legumbres, frutas y verduras, pescados y algún pollo en las fiestas, huevos, pocas grasas animales, vino y aceite de oliva. Sí, huevos, porque ahora resulta que también son sanísimos, que no producen colesterol del malo y que tienen de todo. Y vino, que en cantidades moderadas alarga la vida y previene contra algunas enfermedades. Lo que hay que oír...
Los que desde hace algunos años ya peinamos canas (los que aún las disfruten) hemos visto y oído de todo sobre lo bueno y lo malo del aceite de oliva. A nadie se le habría ocurrido hace más de cuarenta años dudar de sus bondades aunque en la parte negativa su calidad y precio fueran deplorables por el estraperlo, los fraudes y las manipulaciones a que se le sometía por su escasez (¿recuerdan las "sequías" y las "vecerías"?). Entonces lo de "aceite de oliva virgen extra" nos habría sonado a blasfemia. Pero era insustituible hasta que llegó la moda o el "boom"
de los "aceites de semillas" que, ¡oh casualidad!, fue paralelo al incremento de las relaciones comerciales de España con Estados Unidos y otros países productores de semillas de girasol, soja y maíz. Los que por motivos de trabajo viajábamos mucho entonces por Andalucía hemos sido testigos de los cambios tremendos que sufría el paisaje de año en año allá por la década de los 60. Ver, por ejemplo, cómo en poco tiempo el mar de olivos entre Sevilla y Jerez era sustituido por miles y miles de hectáreas de girasol y remolacha... Y en otras muchas zonas, por girasol sólo o por disparates como el de volver a cultivar cártamo entre Antequera y Loja, cerca del puerto de los Alazores. En fin, que al pobre y humilde olivo le dieron palos por todos lados (y no sólo para recoger la aceituna) porque su aceite "producía colesterol", no podía freírse con él más de una vez porque se transformaba en no sabemos qué líquido venenoso, su fabricación era contaminante (los vertidos de alpechines) y cosas por el estilo. Es cierto que en su contra tenía que el precio era (y es) más caro por sus costes de producción y no podía competir en este terreno con los otros aceites. Pero conforme el nivel de vida ha ido subiendo, el problema de su mayor precio ha pasado a segundo término y no queda más remedio que reconocer lo que desde siglos era evidente: que es la mejor grasa vegetal que se conoce y la más sana de todas. Para intentar ser imparciales debemos decir que los aceites de semillas son más ricos en vitamina E. En fin, todo son excelencias y cumplidos, pero como no existe la felicidad completa, ahora le puede salir un peor enemigo que la competencia: "Bruselas". Pero esto es otra historia que no viene al caso.
Vamos a colaborar con los que aportan argumentos científicos para subrayar sus excelentes cualidades medicinales citando un trabajo italiano (¡cómo no!) publicado en la revista americana Journal of Agricultural and Food Chemistry de Octubre de 1998 y realizado por Francesco Visioli y Claudio Galli de la Universidad de Milán. En él estudian las cualidades del aceite de oliva virgen extra y se refieren a otros componentes menos conocidos que su alto contenido de grasas monoinsaturadas (ácido oléico). Esta propiedad es la que siempre se ha mencionado como la más destacada en la prevención de las enfermedades coronarias (vulgo "tener el colesterol alto" sin entrar en más detalles) y de algunos tipos de cáncer. Pero si esas grasas son importantes, otros componentes del aceite de oliva como los trigliceroles, ácidos grasos libres, compuestos no saponificables, fenoles y flavonoides no lo son menos. Los fenoles entre los que se encuentran la oleuropeína y los hidroxitirosoles son los que dan sabor picante y amargo al aceite virgen. Cuanto más sabor fuerte, mayor cantidad de fenoles. Los olivos cultivados en zonas cálidas producen aceites más ricos en fenoles. Un alto contenido de fenoles no sólo aumenta sus cualidades organolépticas sino que impide la oxidación de las lipoproteínas de baja densidad que son las más aterógenas (vulgo producen "arterioesclerosis"). La oleuropeína tiene además propiedades bactericidas y citostáticas al estimular la formación de óxido nítrico a nivel celular.![]()
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